Viaje al interior de uno mismo


Por VIVIANA KLUGER

Por Viviana Kluger, participante del grupo Testigos de la Memoria.
Publicado en Nuestra Memoria, Año VII-Número 15-abril de 2000

Corría 1947 cuando mis padres abandonaron su Polonia natal y llegaron a la Argentina.

Intentaban dejar atrás el horror de la guerra, los guetos, los campos de concentración, el recuerdo de sus familias asesinadas ante sus ojos, los proyectos truncos, la ilusión de seguir estudiando, las esperanzas perdidas…

Junto con la imagen de la Shoá todavía fresca en sus retinas, dejaban mucho más: sus infancias en Lwow y en Krakow, los veranos en la casa de los abuelos en Sokal, el Gimnasium, el Jeder, los paseos por la nieve en trineo, los patines sobre el hielo, la juventud, los amigos, las competencias deportivas en Macabi. Mi mamá dejaba además un hermano comunista, que era el único integrante de su familia que había sobrevivido y que no estaba dispuesto a abandonar Polonia: era comunista y creía en la Revolución.

Llegaron a Buenos Aires. Traían poco; tal vez sólo el afán de encontrar paz y trabajo y formar una familia. Pero, al mismo tiempo, un peso del que no se librarían nunca, la culpa de haber sobrevivido.

Acá construyeron la familia que habían proyectado; y haciendo frente al desarraigo, con las raíces repartidas, con las imágenes terribles aún en la memoria, con las cartas al hermano y hablando en polaco, transcurrieron cuarenta años.

Siempre surgía, así, de repente, sin esperarla, la referencia al campo de concentración, a la guerra, a los seres perdidos, pero al mismo tiempo, a su tierra, a sus olores y colores, a sus costumbres, a sus comidas.

Pronto supe que no cabe vivir si no se “revive”, que la existencia no tiene sentido si no se sabe por qué se existe, y que las raíces nos acompañan en todos los caminos que desandamos.

Mis padres pasaron el resto de sus días en Argentina.  Aprendieron a hablar castellano y a amar esta tierra en la que habían podido comenzar de nuevo. Con su muerte se llevaron una parte de mi historia; la otra había quedado del otro lado del Continente.

A punto de cumplir 42 años sentí que tenía una deuda con ellos y conmigo misma: conocer al tío y a los primos hermanos de Polonia, ver los lugares donde mis padres habían estado, respirar el mismo aire…

Partí rumbo a Varsovia el 29 de septiembre de 1999. En el aeropuerto abracé por primera vez a mi tío León y a mi primo Marek. A partir de allí comenzó un breve y duro, pero emotivo y enriquecedor, viaje por el pasado.

Estuve tres días en Varsovia. Fui al lugar donde estaba el gueto, vi la placa que recordaba la Resistencia en Mila 18, entré a una sinagoga en la que estaban rezando unos pocos judíos, visité el Museo de Historia Judía.

Llegué a Krakow, la ciudad de mi papá, una mañana lluviosa. Me bajé en la estación de trenes.Sentí un estremecimiento…de esa misma estación se llevaban a los judíos a los campos de exterminio…

Me alojé en un hotel en Ulitza Szeroka, en Kasimierz, el antiguo barrio judío. Era evidente que el hotel había sido una casa de departamentos en la que habían vivido familias judías. Las habitaciones estaban amuebladas con los mismos muebles de la época de la guerra; los mismos detalles; las paredes adornadas con cuadros que representaban escenas de la vida judía; las luces tenues, las colchas de raso, los roperos con patas.

Las habitaciones no estaban listas; pero me permitieron entrar a una de ellas para dejar los bolsos. Al entrar y ver las toallas tiradas en el piso — probablemente dejadas allí por los pasajeros que hacía unos minutos habían abandonado el hotel–,me pareció sentir que los antiguos moradores de la casa –una familia judía– hacía sólo unos instantes habían tenido que dejarla apresuradamente…

Desde las ventanas del hotel, Kasimierz se presentaba ante mis ojos tal como debía haber sido en los ´40: los negocios con las letras en hebreo, las rejas con Maguen David, la Stara

Synagoga –-la más antigua de Polonia–, la sinagoga Remuh del siglo XVI y el cementerio judío.¡Qué sensación pensar que tal vez en ese cementerio estaban enterrados mis antepasados,aquéllos que no habían tenido que atravesar la Shoá y que al menos tuvieron el sjut de ser enterrados según el rito judío!

Los días en Polonia transcurrieron muy rápido: el cariño de mi tío y de mis primos me hizo sentir que mis padres estaban otra vez al lado mío, como si nunca se hubieran ido.

A pesar del dolor y del rencor ante lo inexplicable, de lo duro que fue enfrentarme a los fantasmas y a los recuerdos, después de este viaje pude entender mejor a mis padres, sus pensamientos y comportamientos, sus palabras y sus silencios, sus lágrimas y sus alegrías.

Pero por sobre todas las cosas, cumplí con una deuda que tenía con ellos y en definitiva, conmigo misma: rescatar su historia, rastrear sus huellas, conectarme con su mundo.

Necesité perderlos para decidirme a montarme sobre sus pasos, pero por fin siento que ahora ellos pueden descansar en paz y que este viaje sirvió para que se unieran en mí, mi pasado, mi presente y mi futuro.

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