La sublime introspección


Por MARCOS AGUINIS

Desde hace milenios los judíos dedican diez días para revisar su conducta y acceder, de esa forma, a una mejor calidad de vida espiritual. A ese lapso se lo puede considerar desde muchos ángulos, todos abiertos a innumerables interpretaciones. Se practican rituales, lecturas, disposiciones alimenticias y reflexiones para potenciar una mejor visión del sendero que eleva al individuo y la comunidad. A lo largo de los siglos, variados hábitos y leyes adquirieron la solidez de la tradición. Se mantuvieron, repitieron y perfeccionaron sin cesar, con matices diferenciales en los años y espacios por donde fatigaron sus piernas los hijos de Israel, cargando tragedias y multiplicando gestos creativos. Esas jornadas se inauguran en Rosh Hashaná y se cierran en Iom Kipur. Ganaron con justicia el honor de convertirse en las Altas Fiestas. Dentro del calendario marcan fechas que se mantienen vivas. Desde la infancia se aprende su valor. Basta mencionarlas para sentir un estremecimiento. Contienen rasgos distintos a otros días, memorias, fiestas, dolores, recuerdos y enseñanzas. Valen como una división de todo el año.

Su detallada reglamentación, aunque se la remite a la antigüedad bíblica, terminó por consolidarse hacia finales del Segundo Templo y el período que le siguió, es decir la redacción de la Mishná. No obstante, se nutre con la palabra elocuente de los profetas, en especial Isaías. Ese gigante dedicó varios capítulos de su extensa obra al arrepentimiento, el perdón y las buenas acciones, que no se alcanzan sólo con un ritual vacío de contenidos. Dios informó a través de su prédica que está junto al sufriente, el solidario y el altruista. Dios sabe que la mayoría del pueblo pide orientación y desea conocer las leyes justas. Sin cesar preguntan y hasta exigen que se les dibuje el camino. Sin embargo, muchos de sus miembros se preguntan: “¿Para qué vamos a ayunar si Tú no lo ves? ¿Para qué mortificarnos si Tú no te enteras?”. Isaías explicó entonces que Dios no se conformaba con quien se limita a doblarse como un junco, cubrirse la cabeza de ceniza y dormir sobre el duro piso, si contradice ese esfuerzo con acciones deplorables como golpear inicuamente con el puño y ser egoísta con el prójimo. “¿Sabéis cuál es el ayuno que me gusta? –preguntó Dios por boca del profeta-: pues el que desata las cadenas injustas, suelta las coyundas del yugo, deja libres a los oprimidos, comparte el pan con los hambrientos, hospeda a los que no tienen techo, viste al desnudo y no se escabulle ante las necesidades de un hermano”. “Entonces surgirá la luz como una aurora, tus heridas curarán pronto, la justicia marchará delante de ti y yo te seguiré con mi gloria”. Así –agrega a cada uno de quienes lo escuchaban-, “en tus huesos crecerá el vigor, serás como un huerto regado, como un manantial inagotable”. Isaías es un profeta caudaloso, navega en todas las aguas y penetra en los más profundos rincones del alma.

Iom Kipur se inaugura con una plegaria estremecedora: Kol Nidré. Manifiesta el arrepentimiento profundo por haber negado a Dios. Esta música y su letra son el producto de las centurias en que millares de judíos estuvieron sometidos a la amarga opción de convertirse o perecer. Negar a Dios implica negar sus enseñanzas, marginarse de todo lo que fue trasmitido. Maimónides, entre otros –basándose en el profeta Jeremías- aconsejó soportar la afrenta y seguir viviendo. Lo más importante, para el judaísmo de todas las épocas, es la bendición de la vida, aunque se tuviese que pagar un precio que destrozaba el corazón. Por eso los judíos solidificaron el milagro de la supervivencia. Innumerables persecuciones y matanzas, pogromos y discriminaciones no consiguen exterminarlos. Avanzan, respiran, cantan, rezan. Mantienen vivos los recuerdos y los más altos principios. Se contradicen, retroceden, caminan de nuevo.

Kol Nidré procura conseguir la disculpa del cielo. Lo interesante es que su música potente constituye en sí misma un fenómeno difícil de explicar, es uno de los enigmas de la historia de la música que viene desde la Edad Media. En el curso de poco tiempo, sin contarse entonces con los medios modernos de comunicación y transporte, ni del pentagrama que fija los ritmos y dibuja las melodías, Kol Nidré expandió sus notas como un viento balsámico que no detuvieron valles, ni montañas, ni la extensión del mar. Europa, el norte de África, Medio Oriente y luego América conocieron esa música excepcional de la misma forma que la entonaron sus anónimos y geniales creadores. ¿Cómo pudo ser transportada y cómo fue posible que en el mismo día se la entone en sitios abismalmente apartados con idéntica precisión y apasionamiento?

Es uno de los misterios de esos días, cuando con sincera y abierta disposición -con ayuno, plegarias, amontonamiento comunitario y buen ánimo-, uno trata de mejorarse. Quizás no hay conciencia de sus laberintos. Pero a lo largo de ellos se marcha, sea en sitios prefijados o anónimos. La porción de humanidad que constituyen los judíos reflexiona o reza o canta o recuerda o mira hacia su interior o se acerca al prójimo o lo piensa o bulle con los latidos de una tradición que no acepta marchitarse.

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